Observar la planta, medirla y llevarla a la lámina
Moldemebra es un cuaderno abierto sobre el oficio de la ilustración botánica: cómo se mira un ejemplar antes de dibujarlo, cómo se toman sus medidas, cómo se pasa del lápiz a la tinta y cómo la acuarela se construye por veladuras hasta describir una hoja, un nervio o un corte de fruto.
Las páginas siguen el orden real del trabajo: campo, medida, dibujo, color, herbario, formato y conservación. Cada apartado está pensado para leerse por separado, sin dar por sabido nada de los anteriores.
Qué recoge esta página
La ilustración botánica no es una ilustración floral decorativa. Su función es describir una planta con precisión suficiente para que alguien pueda reconocerla, compararla con otra especie próxima y entender cómo está construida. Eso obliga a un método bastante rígido en la parte de observación y medida, y a una libertad muy controlada en la parte de color.
Los apartados que siguen desarrollan ese recorrido completo. No hay servicios, encargos ni venta: son notas de trabajo redactadas para consulta.
- Observación en el campo y contenido de una nota de campo útil.
- Medida del ejemplar, escala y control de proporciones.
- Dibujo a lápiz y decisiones al pasarlo a tinta.
- Acuarela por veladuras: capas, tiempos de secado y pigmentos.
- Herbario: recolección responsable, prensado y secado.
- Hojas, nervios, flores y secciones: qué se dibuja de cada parte.
- Formato de lámina, márgenes y redacción de los pies.
- Papel, pinceles y conservación de las láminas terminadas.
Mirar antes de dibujar: la nota de campo
Una lámina empieza mucho antes del primer trazo. En el campo se decide casi todo: qué ejemplar representa mejor a la especie, en qué estado se encuentra, qué partes van a poder observarse y qué habrá que reconstruir después con material seco o con una segunda salida. Un ejemplar espectacular pero atípico da una lámina bonita e inútil.
La nota de campo es el documento que sostiene el trabajo posterior. Conviene escribirla en el sitio, no de memoria al volver a casa, porque los datos que se olvidan son siempre los mismos: el olor, la textura al tacto, el color exacto de un tallo joven y la orientación de las hojas respecto a la luz.
Contenido mínimo de una nota
En la práctica basta con una página de cuaderno por ejemplar. Lo importante es que la nota sea comparable con las demás: si cada salida se anota de una forma distinta, el conjunto pierde valor a los pocos meses.
- Fecha, hora aproximada y condiciones de luz.
- Localidad, tipo de suelo y altitud aproximada.
- Ambiente: matorral, ribera, cuneta, encinar, dunas.
- Porte de la planta y altura total medida, no estimada.
- Estado fenológico: en flor, en fruto, en agraz, seca.
- Color de flor y de envés, anotado junto a una referencia.
- Detalles perecederos: aroma, látex, pelosidad, brillo.
- Croquis rápido de conjunto con dos o tres medidas clave.
En buena parte del territorio peninsular la ventana de trabajo es corta: muchas labiadas y cistáceas mediterráneas pasan de plena flor a fruto seco en tres o cuatro semanas de mayo o junio. Anotar el estado exacto permite volver el año siguiente en el momento adecuado en lugar de improvisar.
Medir el ejemplar y fijar las proporciones
La diferencia entre un dibujo de planta y una ilustración botánica está casi siempre en la medida. Antes de trazar nada se toman las dimensiones reales con un calibre, una regla milimetrada y, para las partes pequeñas, una lupa con retícula o una lupa binocular si se dispone de ella.
Se anotan al menos la longitud y la anchura de la hoja tipo, la longitud del pecíolo, el diámetro de la flor abierta, la longitud del pedúnculo, el número de piezas de cada verticilo y el tamaño del fruto o de la semilla. Con esos datos se construye una tabla de proporciones que gobierna toda la lámina.
Escala y factor de ampliación
Casi ninguna lámina se dibuja a tamaño natural en todas sus partes. Lo habitual es representar el conjunto a escala 1:1 o reducido, y añadir detalles ampliados: un estambre a ×4, una semilla a ×8, un corte de ovario a ×10. Cada ampliación debe llevar su factor indicado; si no, el detalle deja de ser información y pasa a ser decoración.
Una escala gráfica dibujada en el propio papel resuelve el problema de las reproducciones: si la lámina se imprime a otro tamaño, la barra se reduce con ella y el dato sigue siendo válido. Un valor escrito en milímetros, en cambio, deja de ser cierto en cuanto cambia el tamaño de impresión.
- Medir en fresco, antes de que la planta pierda turgencia.
- Repetir la medida en tres hojas y usar la intermedia.
- Anotar siempre si el dato es de la cara o del envés.
- Marcar en el papel los ejes principales antes del contorno.
- Comprobar el ángulo de inserción de hojas y ramas.
- Incluir barra de escala y factor en cada ampliación.
Del lápiz a la tinta
El dibujo a lápiz es el esqueleto de la lámina y conviene tratarlo como un borrador limpio, no como una obra en sí. Se trabaja con minas duras, entre 2H y H, y con muy poca presión: un surco marcado en el papel se ve después bajo la acuarela como una línea blanca imposible de corregir. La goma maleable levanta el grafito sin frotar y sin abrir la superficie del papel.
El orden habitual va de lo general a lo particular. Primero los ejes y el encaje del conjunto; después los volúmenes simplificados; luego el contorno real de cada órgano; y solo al final los detalles pequeños, cuando ya está garantizado que todo cabe en el formato con sus proporciones correctas.
Decisiones al entintar
La tinta se aplica sobre el lápiz cuando el dibujo está cerrado. Con plumilla o con estilógrafo de punta fina, la línea debe describir el volumen: más gruesa en las zonas de sombra y en los contornos que quedan por delante, más fina donde la forma se aleja. Una línea de grosor uniforme aplana la planta y la convierte en un contorno de catálogo.
La tinta debe estar completamente seca y ser resistente al agua antes de empezar con el color; conviene probar el estilógrafo en un recorte del mismo papel, porque hay tintas que se corren solo con la primera capa húmeda. Si la lámina lleva rotulación, se entinta también en esta fase, nunca al final sobre la acuarela.
- Lápices 2H–H para el encaje; HB solo en apuntes rápidos.
- Presión mínima: la mina marca el papel más de lo que parece.
- Goma maleable para aclarar el grafito antes del color.
- Punta de 0,1–0,3 mm para el detalle; 0,5 mm para el contorno.
- Trazo modulado, interrumpido donde la luz da de lleno.
- Prueba de resistencia al agua en un recorte del mismo papel.
Acuarela por veladuras y elección de pigmentos
La acuarela botánica se construye por acumulación de capas muy diluidas. Cada veladura aporta poco color y mucha información: la primera fija el tono general, la segunda separa luces de sombras, las siguientes ajustan la temperatura y solo las últimas cierran los contrastes. Trabajar así permite corregir el rumbo durante mucho tiempo, algo imposible si el color se pone de una vez a plena carga.
El tiempo de secado entre capas es parte de la técnica. En interiores secos del centro peninsular una veladura fina puede estar lista en pocos minutos; en zonas costeras húmedas tarda bastante más, y aplicar la siguiente capa antes de tiempo levanta la anterior y deja cercos. Merece la pena esperar y tener dos o tres láminas en marcha.
Una paleta corta y conocida
Es preferible dominar diez pigmentos que tener cuarenta. Con un amarillo frío y otro cálido, dos azules, un rojo frío y otro cálido, una tierra y un violeta se cubre casi todo el verde vegetal y la mayoría de las flores. Los verdes se mezclan; los verdes de tubo, usados directamente, tienden a repetir un mismo tono plano en toda la lámina.
Conviene anotar cada mezcla en una tira de prueba del mismo papel, indicando los pigmentos y la proporción aproximada. Esa carta personal vale más que cualquier tabla general: recoge cómo se comporta el color con el agua, el papel y la luz con los que se trabaja realmente.
- Empezar por la zona más clara y reservar los blancos del papel.
- Diluciones muy bajas: mejor cinco capas suaves que dos densas.
- Secado completo entre veladuras, comprobado al tacto.
- Mezclar los verdes; evitar los verdes de tubo sin modificar.
- Vigilar los pigmentos granulantes en superficies lisas.
- Probar cada mezcla en un recorte antes de llevarla a la lámina.
- Limitar el pincel más grueso al fondo del volumen general.
- Guardar una tira de referencia con las mezclas de cada lámina.
Prensado, secado y pliego de herbario
El herbario es la memoria del trabajo. Cuando la planta fresca ya no está disponible, el pliego seco conserva la nerviación, la inserción de las hojas, el tamaño real y buena parte de la textura, aunque el color se altere. Muchas láminas se terminan en invierno con material recogido meses antes.
La recolección debe ser moderada y responsable: nunca especies protegidas, nunca poblaciones pequeñas y siempre un solo ejemplar cuando la planta es abundante. En muchos espacios naturales protegidos de España la recolección está regulada o prohibida, de modo que la alternativa razonable es dibujar y fotografiar sobre el terreno.
El prensado se hace lo antes posible, colocando la planta ya ordenada entre papel absorbente y cartones, con la presión repartida. Se cambian los papeles cada día durante la primera semana; con humedad ambiental alta, dos veces al día. Un secado lento y mal ventilado produce manchas y pérdida de forma.
Qué debe llevar cada pliego
Un pliego sin etiqueta es material perdido. La etiqueta acompaña siempre al ejemplar y repite los datos de la nota de campo: nombre científico y familia, localidad, fecha, ambiente y observaciones sobre color o porte que el secado haya borrado.
- Ejemplar con hoja vuelta para mostrar cara y envés.
- Flor o fruto visible siempre que sea posible.
- Etiqueta con especie, familia, localidad y fecha.
- Nota de color original y de altura de la planta entera.
- Montaje en pliego neutro, sin cintas adhesivas comunes.
Hojas, nervios, flores y cortes
Cada parte de la planta plantea un problema distinto de representación, y conviene resolverlos por separado antes de componer la lámina completa.
La hoja y su nerviación
La hoja se define por su forma general, el borde, la base, el ápice y el tipo de nerviación. El nervio central marca el eje; los secundarios salen con un ángulo constante y una curvatura característica de la especie, y son ellos, más que el contorno, los que hacen reconocible una hoja. En la lámina se dibujan con menos peso que el contorno, y se interrumpen donde la luz aplana la superficie. El envés casi siempre es más claro, más mate y con la nerviación más marcada, por lo que suele representarse una hoja vuelta.
La flor
La flor exige decidir un punto de vista principal —normalmente de frente y algo girado— y añadir después las vistas complementarias: perfil, cara posterior con el cáliz y una pieza suelta de corola. Se cuentan y se dibujan los estambres reales, con su inserción; una flor con el número correcto de piezas mal colocadas es tan poco útil como una con el número equivocado.
Cortes y detalles ampliados
El corte longitudinal del ovario, la sección de un fruto o el detalle de una semilla completan la descripción. Se dibujan con línea limpia y color reducido, casi siempre a un lado de la lámina y con su factor de ampliación indicado. Para cortar en fresco basta una cuchilla nueva y un apoyo firme; el corte debe pasar por el eje, porque un corte oblicuo deforma las cavidades y engaña.
Formato de la lámina y redacción de los pies
La composición de una lámina botánica sigue una lógica de lectura, no de estética. El ejemplar principal ocupa el centro y se orienta según su crecimiento natural; los detalles ampliados se distribuyen alrededor en el orden en que se leen: primero flor, después fruto y semilla, y por último los elementos vegetativos menores. Entre los elementos se deja aire suficiente para que ninguno parezca solaparse por accidente.
Los márgenes se fijan antes de dibujar, no se ajustan al final. Un margen amplio protege la lámina en el montaje y evita que el dibujo quede comprimido si se enmarca. La rotulación se alinea con un eje único: leyendas dispersas por el papel restan claridad a un trabajo que ya es denso.
El pie de ilustración
El pie es información, no comentario. Debe permitir identificar qué se ve, a qué aumento y con qué material se hizo la lámina, en el menor número de palabras posible.
- Nombre científico completo, en cursiva, y familia.
- Nombre común en castellano cuando exista y sea estable.
- Órganos representados y letra de cada detalle.
- Factor de ampliación de cada detalle ampliado.
- Fecha y localidad del ejemplar observado.
- Técnica y papel empleados.
Papel, pinceles y conservación de las láminas
El papel condiciona el resultado más que cualquier otro material. Para acuarela botánica se usa papel de algodón, grano satinado o fino, de 300 g/m², que admite veladuras sucesivas sin pelarse y permite un trazo de tinta limpio. Los granos gruesos, cómodos en paisaje, rompen la línea fina y dificultan el detalle pequeño. Un papel neutro, sin blanqueadores ópticos, envejece mucho mejor.
De pinceles bastan tres o cuatro: uno mediano redondo de buena punta para las masas, dos finos para el detalle y uno plano pequeño para levantar color o suavizar bordes. Lo decisivo no es la marca sino la punta: un pincel que no recupera la forma al descargarlo deja de servir para el trabajo de nervios y estambres.
Después de terminar
Una lámina acabada sigue siendo un objeto frágil. La luz directa es el principal enemigo: algunos pigmentos pierden intensidad en pocos meses de exposición junto a una ventana. La humedad y los cambios bruscos de temperatura provocan ondulaciones y, con el tiempo, manchas de foxing.
- Papel de algodón, 300 g/m², grano satinado o fino.
- Papel neutro y sin blanqueadores ópticos.
- Tres o cuatro pinceles con punta fiable, bien lavados.
- Guardar en horizontal, con papel barrera entre láminas.
- Carpeta o caja libre de ácido, cerrada y a oscuras.
- Ambiente estable: evitar sótanos húmedos y áticos calurosos.
- Montaje con esquinas o charnelas reversibles, sin adhesivos permanentes.
- Si se expone, luz indirecta y periodos de descanso.
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